La casa pasiva (I)

Durante un viaje de estudios a Bruselas tuve la oportunidad de asistir a un curso sobre Passivhaus (casa pasiva en alemán) en el que se incluían visitas guiadas por expertos a diversos edificios en funcionamiento o en fase de construcción proyectados bajo dicho estándar. Para alguien como yo, nacido en la costa mediterránea y que siempre ha vivido a 6 o 7 paradas de metro de la playa, visitar una ciudad del norte de Europa en pleno mes de diciembre y bajo una ola de frío siberiano es una experiencia difícil de olvidar. Pero al margen de las inclemencias meteorológicas, y de mis caídas en plena calle por culpa de las placas de hielo, conservo muchos recuerdos, conocimientos y experiencias que me impactaron tanto o más que las temperaturas de los termómetros bruselenses.

Recuerdo especialmente la visita a un edificio de oficinas en construcción, con la estructura y cerramientos terminados y pendiente de las instalaciones y acabados, situado en las afueras de Bruselas. La sensación que experimenté al traspasar la puerta de acceso al edificio fue como la de dejar atrás la meseta tibetana para entrar en Shangri-La, el utópico santuario del Himalaya aislado del mundo exterior de “Horizontes perdidos”. Exageraciones aparte, me sorprendió el enorme contraste de temperaturas entre el exterior y el interior del edificio sin la intervención de ningún tipo de sistema activo de climatización, simplemente gracias a los elementos constructivos de la envolvente. Mi mentalidad de ingeniero se resistía a creer lo que mis colegas arquitectos eran capaces de conseguir sin la ayuda de “nuestras” máquinas y dispositivos electrónicos.

Cuando hablamos de casa pasiva nos estamos refiriendo a una edificación que permite mantener las condiciones de confort con un consumo de energía muy bajo. Es un concepto que apareció en los EE.UU. a finales de los años 70 y que desde entonces se ha ido popularizando cada vez más, hasta convertirse a finales de los años 80 en un estándar de edificación denominado Passivhaus. Desarrollado a partir de numerosos estudios internacionales y financiado por el estado alemán de Hesse, actualmente es una referencia mundial para la construcción de edificios energéticamente eficientes, con un elevado confort interior y a un coste asequible. Aunque inicialmente fueron los países centroeuropeos los que mostraron un mayor interés por el estándar debido a las características de su climatología, este interés se ha ido extendiendo por todos los países de la Unión Europea a partir de la publicación de la Directiva Europea 2010/31/UE, según la cual todos los estados miembros deberán tomar medidas para que a partir de 2020 todos los edificios de nueva planta, los públicos en 2018, sean de consumo de energía casi nulo.

Lo que persigue Passivhaus es reducir drásticamente la demanda energética del edificio mediante estrategias pasivas, soluciones constructivas que no requieren del consumo de energía para el aprovechamiento de sus prestaciones, para posteriormente satisfacer esta demanda mediante equipos altamente eficientes y el uso de energías renovables. En cierta manera, con Passivhaus convertimos el edificio en una especie de termo, un recipiente hermético por donde no penetra ni se escapa el aire y que presenta unas excelentes características de aislamiento térmico. Pero a diferencia del termo, si no permitimos de alguna manera la entrada del aire exterior, los usuarios del edificio podrían pasarlas canutas. Además del alto aislamiento y la baja permeabilidad, otro de los aspectos clave de Passivhaus es la renovación del aire, que se consigue mediante sistemas mecánicos con recuperación de calor y/o intercambio geotérmico.

En el caso concreto del edificio de oficinas cuya visita recordaba anteriormente, la ventilación se basaba en la utilización de una técnica ancestral (otro golpe bajo para mi ego de ingeniero) conocida como “pozo canadiense”, un intercambiador geotérmico suelo-aire que además es utilizado como sistema de calefacción en invierno y de refrigeración en verano. Los pozos canadienses son tubos enterrados por donde circula el aire captado desde una entrada situada en el exterior y que aprovechan la inercia térmica del suelo para calentar o enfriar el aire que, posteriormente, es introducido en el sistema de distribución del edificio. Aunque el pozo puede funcionar de forma pasiva aprovechando los vientos dominantes y chimeneas solares, lo habitual es que opere mediante sistemas mecánicos que controlen y regulen el flujo en todo momento, como era el caso de este edificio.

Como resultado de todo esto, este edificio presenta un consumo energético en calefacción de 12 kWh/m2·año, cuando el límite máximo de Passivhaus se sitúa en 15 y la media de las construcciones similares de Bruselas es de 106, y obtiene una reducción en las emisiones de CO2 de 793 Toneladas al año.

El propósito de este post era el de dar a conocer, a partir de una experiencia personal y sin entrar en demasiados detalles, el concepto de casa pasiva y el estándar Passivhaus. Aunque los aspectos generales son muy simples y pueden resumirse en cuatro líneas, las técnicas constructivas utilizadas para satisfacer los requisitos del estándar y obtener los resultados deseados son múltiples y dan para escribir muchos posts. En el próximo os hablaré un poco más de estas técnicas y sus propósitos.

Autor: Carles Carreras Liébanas, consultor y auditor freelance especializado en energía, sostenibilidad y sistemas de gestión / c.carreras@enersystems.es / enersystems.es

 

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